CAPÍTULO:

LA ARQUITECTURA DEL MOVIMIENTO

UN EXTRACTO

Bertrand Grubiani, o Bert, creía que los edificios se movían. Mientras estudiaba arquitectura en la Cooper Union, de Nueva York, se sentaba en las paradas de autobuses a mirar los rascacielos. Si miraba fijo, podía verlos mecerse frente al horizonte, y esa sensación de movimiento lo llenaba de algo parecido a la fe. Bertrand, más frecuentemente llamado Bert porque parecía que la gente se sentía incómoda diciendo su verdadero nombre, ya no vivía en Nueva York, pero a menudo, cuando conducía al trabajo, contemplaba la arquitectura de su pequeña ciudad centro-occidental con un sentimiento de nostalgia y un poco, o bastante, desesperación. Esos edificios carecían de pasión, eran monótonos y poco pretensiosos. La falta de originalidad le recordaba demasiado a la casa de tres habitaciones en dos plantas que compartía con su esposa, Brenda. Le hacían cuestionar su fe. Alicia, la amante de Bert, y vaya que le gustaba el sonido de esa palabra... Lea Más

Bertrand Grubiani, o Bert, creía que los edificios se movían. Mientras estudiaba arquitectura en la Cooper Union, de Nueva York, se sentaba en las paradas de autobuses a mirar los rascacielos. Si miraba fijo, podía verlos mecerse frente al horizonte, y esa sensación de movimiento lo llenaba de algo parecido a la fe. Bertrand, más frecuentemente llamado Bert porque parecía que la gente se sentía incómoda diciendo su verdadero nombre, ya no vivía en Nueva York, pero a menudo, cuando conducía al trabajo, contemplaba la arquitectura de su pequeña ciudad centro-occidental con un sentimiento de nostalgia y un poco, o bastante, desesperación. Esos edificios carecían de pasión, eran monótonos y poco pretensiosos. La falta de originalidad le recordaba demasiado a la casa de tres habitaciones en dos plantas que compartía con su esposa, Brenda. Le hacían cuestionar su fe. Alicia, la amante de Bert, y vaya que le gustaba el sonido de esa palabra... "amante", y pronunciarla lo hacía sentir un tipo distinto y mejor. Alicia decía que Brenda le recordaba a la esposa del abogado en la película Mujer Bonita, una mujer cuyo trasero era capaz de derretir el hielo. Cada vez que ella decía eso, Bert reía disimuladamente, imaginando a Brenda acostada en la cama grande, con el culo al aire y un cubo de hielo encima, cambiando lentamente los estados de la materia. Cada mañana antes del trabajo, Bert se paraba delante de su oficina con la esperanza de que uno de los edificios que la rodeaban se moviera, aunque fuera un poco. Luego seguía camino, con un leve jadeo mientras se tocaba el bolsillo de la chaqueta para verificar que llevaba el inhalador, dispositivo que odiaba porque le recordaba su impotencia respiratoria. Era humillante tener semejante ambición y visiones de grandeza y una incapacidad de alcanzar cosas más grandes que él. Su trabajo, sin embargo, le otorgaba cierta libertad que el cuerpo no le daba. A Bert le gustaba imaginar que las estructuras que diseñaba pasaban de su corazón a su mente y luego de su mano a la página y, de allí, al mundo. Era un pequeño consuelo, ligeramente amargo. Pocas personas reconocían la pasión palpitante de Bert bajo su estructura debilucha. Bert estudiaba la firma de su empresa, Diseño de Grubiani e hijos. El nombre había sido idea de Brenda, con la esperanza de que el pensamiento futuro aumentara la motilidad espermática de su esposo. Ese no fue el caso. Después de 17 años de matrimonio, seguían sin hijos y, en cambio, ella dedicaba toda su atención a un caniche, Cookie. A Bert le tomó bastante tiempo desarrollar una tremenda antipatía por el perro; sin embargo, con el pasar de los años, su admiración por la longevidad de Cookie se convirtió en un afecto un tanto incómodo. Tras saludar con la cabeza a uno de sus compañeros, Bert entró al edificio, mientras se preparaba mentalmente para el día de trabajo, con la única esperanza de un posible polvo breve con Alicia, apretujada contra las persianas polvorientas de su oficina. La última parte del itinerario del día era, en el mejor de los casos, una ilusión vana. Alicia se mostraba cada vez más indiferente al cariño de Bert, hecho que le carcomía el contorno del corazón. Así y todo Bert ignoraba dicha sensación, se convencía a sí mismo de que tenía acidez estomacal, y pensaba que el actual estado de apatía de Alicia no era distinto al que le había demostrado durante los últimos años. Alicia miraba a Bert de la misma manera que él miraba a Cookie: con un afecto incómodo y distante. Close