CAPÍTULO :

MIS REGLAS

UN EXTRACTO

Como estaba previsto, visité tres bares cerca de Washington Square, y como era de esperar, quedé satisfecho. Después caminé hacia el oeste en el silencio de la tarde y cuando el reloj marcó las 3:00, doblé en Barrow Street, que estaba desierta y tranquila. Todavía no había nadie. Era demasiado temprano. Sin duda los tiempos han cambiado. Ahora seguramente compran apartamentos por un millón de dólares. Incluso dos. Ahora trabajan todo el día para pagar la hipoteca. Pero entonces, en la época de la que les hablo, los residentes de Barrow Street no hacían nada de nada. Sin duda nada antes de las ocho o diez de la noche. Por eso ahora estaba en silencio y desierta. Las siestas eran continuas. Estaba completamente solo. No volaba una mosca. Bien podría estar en Kansas. Hasta que aparecieron dos hombres por el otro lado. Yo pensé que estaban perdidos. No había razón para recibirlos ahí. No en ese período histórico. Lea Más

Como estaba previsto, visité tres bares cerca de Washington Square, y como era de esperar, quedé satisfecho. Después caminé hacia el oeste en el silencio de la tarde y cuando el reloj marcó las 3:00, doblé en Barrow Street, que estaba desierta y tranquila. Todavía no había nadie. Era demasiado temprano. Sin duda los tiempos han cambiado. Ahora seguramente compran apartamentos por un millón de dólares. Incluso dos. Ahora trabajan todo el día para pagar la hipoteca. Pero entonces, en la época de la que les hablo, los residentes de Barrow Street no hacían nada de nada. Sin duda nada antes de las ocho o diez de la noche. Por eso ahora estaba en silencio y desierta. Las siestas eran continuas. Estaba completamente solo. No volaba una mosca. Bien podría estar en Kansas. Hasta que aparecieron dos hombres por el otro lado. Yo pensé que estaban perdidos. No había razón para recibirlos ahí. No en ese período histórico. Estaban vestidos de traje a rayas, azul oscuro, con camisas almidonadas blancas y corbtas de seda sujetadas. Uno de ellos tendría 50 años, y el otro, unos 30. Quizá un socio y su afiliado. O el presidente de un banco y su vice favorito. Ese tipo de dinámica. El más mayor tenía las cejas blancas y cabello rubio descolorido que se estaba poniendo canoso. Allí mismo aposté que los fines de semana, el tipo usaba pantalones rosas y asistía a los Hamptons. Ese tipo de caballero. Quizá tenía un velero. El de 30 años no era tan alto ni esbelto, y tenía una melena negra con pelo grasoso. En una balanza de baño, habría vencido a su jefe unos diez kilos, pero el más mayor era el que mandaba. Eso estaba claro. Era un personaje patricio, de rasgos punteagudos. Transmitía autoridad a baldazos. Supuse que vendrían de Wall Street a compartir un almuerzo privado, lejos de otros ojos curiosos. Quizá porque tenían cosas importantes de que hablar. Pensé que la esposa del hombre mayor habría elegido el restaurante. Recomendado por un vecino o porque lo leyó en una revista de moda. Puede que ninguno de ellos haya quedado demasiado impresionado. Se habían olvidado dónde habían estacionado el auto. Por eso habían doblado sin querer en Barrow Street. Por ninguna otra razón. No tenían nada que hacer ahí. Ni yo tampoco. Nadie. O quizá sí. Estaban discutiendo. Lo vi claramente cuando se acercaron. El más mayor caminaba raro, como en zancos, y el más joven estaba hinchado por la frustración. Iba dando zancadas, rígido como un maniquí. Lo escuché decir algo sobre un abuelo, el más mayor le contestó y, por un momento, me pregunté si eran parientes. Padre e hijo, quizá, discutiendo sobre una herencia. Pero, después pensé que no. No había mucha diferencia de edad, pero tampoco se parecían en nada físicamente. “Caballeros”, les dije. “¿Los puedo ayudar en algo?” Close