CAPÍTULO:

LA OFICINA DE MI PADRE, JOHN STREET, NUEVA YORK, 1953


Me llevaba con él cuando yo era un niño. Antes eso era muy frecuente. Los dos tomábamos el subterráneo, luego caminábamos unas cuadras por esas calles que parecían cañones hasta la compañía de seguros donde trabajaba. Allí, me dejaba hacer lo que quisiera, pasear por las largas filas de mecanógrafos, que no paraban de hacer sonar las máquinas de escribir, con uñas rojas y manos azules por el papel carbónico, famoso por producir el milagro por triplicado. El lugar era un Avalón de materiales de librería: resmas de papel, sobres ordenados en sus casilleros, Lea Más

Me llevaba con él cuando yo era un niño. Antes eso era muy frecuente. Los dos tomábamos el subterráneo, luego caminábamos unas cuadras por esas calles que parecían cañones hasta la compañía de seguros donde trabajaba. Allí, me dejaba hacer lo que quisiera, pasear por las largas filas de mecanógrafos, que no paraban de hacer sonar las máquinas de escribir, con uñas rojas y manos azules por el papel carbónico, famoso por producir el milagro por triplicado. El lugar era un Avalón de materiales de librería: resmas de papel, sobres ordenados en sus casilleros, incluso una máquina de franqueo, una oficina de correos propia. A veces me gustaba mirar hacia abajo, a esa amplia extensión del puerto de Nueva York, sin imaginar nunca cuántos rituales de oficina y dispositivos desaparecerían tan pronto para siempre en las enormes fauces de la obsolescencia. Ahora, el oasis del enfriador de agua desapareció y el alboroto de la máquina de escribir se silenció. Allá lejos quedó la neblina de humo de los cigarrillos. Los ceniceros en cada escritorio y los más grandes, junto a los ascensores, conservan la arena suave y limpia, como si cada noche un hombrecito con un rastrillo viniera a limpiarlo. Se acabaron los calendarios gordos de arrancar la hoja al final de cada día. No más plumas estilográfica chupando el néctar de la flor negra del frasquito de tinta. Adiós a los teléfonos con disco giratorio, que sonaban para transmitir buenas y malas noticias, y otras peores. Se fueron también la centralita y el intercomunicador, la sala de cables, el tarjetero y el dictáfono. Los acompañaron los numerosos pisapapeles, que evitaban que las pilas de papeles se volaran algún caluroso día de verano cuando abrían las ventanas de par en par, o los ventiladores oscilantes y los hombres en manga de camisa asomados por las altas ventanas para tomar un poco de aire fresco. Ya no existe el sombrerero ni los sombreros que colgaban de él, se fueron los hombres, como mi padre, él también se fue. Atrás quedaron la calculadora y el pincho donde se clavaban los memos. Desaparecieron mientras salimos. No te vayas, querido clip de papeles, no te vayas, bandita de goma, necesitamos que sigan manteniendo el orden, la lógica y el sentido de los días de bares y salones, ediciones vespertinas y noticiarios hasta hoy, cuando dos personas esperan en el cubículo de un trabajador en un imponente edificio vidriado, ella, que mira una pantalla mientras usa el mouse para descargar un elefante e imprimir su imagen en colores, una enorme criatura viajando a través de un cable y, luego, tres se materializan en su mano: un milagro por triplicado. Close