CAPÍTULO:

LA MANO PRODIGIOSA

UN EXTRACTO

Cuando todavía tenía el puesto de Director de Recursos Humanos en París, me había ganado una gran oficina en el décimo piso solo para mí en un moderno edificio en el 7º arrondissement de París, cerca de Champ-de-Mars. Esta oficina tenía vista a la Torre Eiffel, y yo me sentía orgulloso de pararme frente al ventanal acristalado desde el cual podía ver pasar turistas de todo el mundo yendo al histórico monumento construido en 1889 por Gustave Eiffel en el momento en que Francia estaba celebrando el centenario de la revolución. ¿Qué otra oficina parisina podía estar mejor ubicada que la mía? Así que tenía que estar a la altura de tal privilegio. Como tal, vivía de traje y corbata, con zapatos lustrados y cabello prolijo. Tenía un maletín de cuero negro en la mano y me sentía agobiado por los archivos que había empezado a procesar desde el auto. Lea Más

Cuando todavía tenía el puesto de Director de Recursos Humanos en París, me había ganado una gran oficina en el décimo piso solo para mí en un moderno edificio en el 7º arrondissement de París, cerca de Champ-de-Mars. Esta oficina tenía vista a la Torre Eiffel, y yo me sentía orgulloso de pararme frente al ventanal acristalado desde el cual podía ver pasar turistas de todo el mundo yendo al histórico monumento construido en 1889 por Gustave Eiffel en el momento en que Francia estaba celebrando el centenario de la revolución. ¿Qué otra oficina parisina podía estar mejor ubicada que la mía? Así que tenía que estar a la altura de tal privilegio. Como tal, vivía de traje y corbata, con zapatos lustrados y cabello prolijo. Tenía un maletín de cuero negro en la mano y me sentía agobiado por los archivos que había empezado a procesar desde el auto. Mi conductor se apresuraba a abrir la puerta y decía: "Que tenga un buen día en el trabajo, señor director", en cuanto me bajaba. Cuando entraba al hall del edificio de nuestra empresa, también me saludaban con deferencia, y yo asentía con la cabeza ofreciendo una breve sonrisa. Luego apretaba el botón del ascensor, que me llevaba hasta el décimo piso. Recorría un gran pasillo, saludaba a mis colegas y paraba durante unos minutos en la recepción para ver la lista de compromisos diarios antes de entrar a mi oficina y hablar con mis secretarias, dos francesas, a quien yo había contratado no bien habían terminado su maestría en Relaciones Públicas. En última instancia, si las había elegido, era también por el hecho de que venían de la Universidad Paris-Dauphine, del 16° arrondissement, donde yo mismo había estudiado veinte años antes. Realmente era uno de los profesionales más respetados de mi campo. Las personas se sentían intimidadas cuando cruzaba el umbral de mi oficina, quizá debido a la alfombra roja que cubría los 150 metros cuadrados de espacio que estaba designado exclusivamente para mí. Las paredes estaban pintadas de azul cielo, que aclaraba la rigurosidad de mi labor, porque no es una profesión fácil la de contratar a personas necesarias para la posición requerida, pero tampoco para quien anuncia a padres o madres de familia que ya no serán parte de la empresa y que se ha iniciado un procedimiento de finalización contra ellos. En cualquier caso, un Director de Recursos Humanos no recibe la mejor mirada en ningún momento. Se lo culpa, por un lado, por no haber contratado al mejor candidato; y por el otro, se lo tomarán contra él porque despidió a tal o cual persona, que tiene niños que alimentar, cuotas de un entierro por pagar, una hipoteca a saldar, y muchas otras cosas... Close